lunes, 28 de febrero de 2011

¿Si no pregunté, por qué me lo contás?

 

Me molesta, me irrita, me exaspera la gente que habla a los gritos por celular. No entiendo esa pulsión por contar su vida, obra y milagros a los cuatro vientos.

Por ejemplo suben al colectivo, se trastabillan (no siempre), gritan el importe del boleto, y  lo sacan. Todo eso con el  teléfono aferrado a su oído como si su vida dependiera de ello. Y allí vamos, soportándolos  cuadras  monologando a un volumen que nadie puede ignorar.

La pregunta que carcome mi mollera es  ¿por qué nos exponen a tamaño castigo?. Si quieren que todo el mundo se entere de lo que hicieron el fin de semana, de lo que les hacen sus malvados y crueles jefes, la cizañera/ro de su compañerita/o,  o su pareja de turno, anótense en un reality, que hay muchos.

Como todo mortal, tengo un costado chúsmico. No les voy a negar que algunas charlas son de los más interesantes y entretenidas. En ocasiones te da hasta pena tener que bajarte.  Pero otra son un verdadero fastidio, un aburrimiento más que aburrido y carente de interés.  Sería más llevadero  subir una escalera con chancletas  llevando  un huevo en una cuchara y luciendo un collar hecho de melones y sandías . Y que cuando llegues arriba se te caiga una sandía en el dedo gordo.

Recuerdo las épocas en las que los teléfonos móviles eran carísimos. Cada pulso era una gota de sangre, un ojo de la cara, o lo que sea que ejemplifique la carestía de este servicio. La comunicación naturalmente constaba de: un hola, cortito, mensaje cortitito, un "sí", un "no", tal vez un "vemos", y el apuradísimo "chau" (para que no corriera otro pulso).

Memorizábamos un esquema cronometrado  para no pasarnos del carísimo, no por querido, sino por caro, caro minuto.

Mientras nosotros hacíamos esfuerzos denodados por cuidar que los costos telefónicos no hirieran de muerte nuestros castigadísimos bolsillos, las empresas , siempre interesadas en nuestro beneficio y bienestar, pensaron y pensaron en como podían extender nuestra comunicación. La consigna era más tiempo  a menor costo.

Al fin se hizo la luz, y la luz trajo  planes accesibles, y los planes accesibles trajeron minutos libres, y los minutos libres trajeron a los  números gratis, y los números gratis trajeron comunicación. Y la comunicación trajo más comunicación que se transformó en una prosperidad comunicativa.

Y es así, damas y caballeros, como todos terminamos hablando tonterías por horas y horas, sin límite, bueno casi… Sólo hasta que la batería nos dice pipip.

Besooo.

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