lunes, 2 de mayo de 2011

La razón de tu ausencia

Siempre me quejo de tus abandonos, de tus ausencias sin aviso, de tus huidas intempestivas. No hay explicaciones, ni escusas, ni razones. No hay nada, nunca.

Quizá tengas tus motivos. Tal vez sea yo la que no lo entienda o no lo quiera entender. Sin vos el mundo no gira, se estanca en una pasividad oscura sin tiempo, sin sonido, sin aire.

Esta vez fue diferente. Lo reconozco, lo asumo, fui la causante. Provoque su breve ausencia, para mi casi eterna. Una coyuntura distinta, extraña, sin reclamos. Solo un sincero y sentido ofrecimiento de disculpas, y el esperar que las aceptes y vuelvas rauda a mi vida.

No se como pasó, no me lo explico, por más que lo piense. Repaso los hechos mentalmente y nada. No lo entiendo. Todo fue una sucesión de desgracias. Tal vez estar el estar en el lugar y momento equivocado. Otra vez el cielo, los astros y hasta el propio universo confabulaban en mi contra.

El equilibrio estaba roto, y nosotros sin ella. Por fortuna él estaba allí, el dueño de mi corazón, el que siempre acude a mi rescate en los peores momentos. Debo agradecerle su celeridad, sus conocimientos, de destreza, su claridad de reflejos, su diagnóstico preciso y sobre todo el que haya devuelto a nuestra existencia.

Fue la gota que colmo el vaso, la que lo rebalso, la que provoco que te fueras, literalmente hablando. La que corto ese delgado hilo dorado que te da vida. Como dije todo comenzó con una gota, una inocente y mínima gotita que fue a parar a ese portalámparas de esa lámpara que estaba, obviamente prendida. Huelgan los detalles, el como y el por que. Quizá se deba a algún designio, o tal vez supongamos, fue como consecuencia de un movimiento mal calculado esto claro, es en el terreno de la suposición.

A partir de ahí todo es confuso. Hubo un chisporroteo, que fue seguido por una pequeña explosión, que fue seguido por el insoportable olor a cable o cables quemado o quemados, no podía precisar su singularidad o pluralidad en un momento como ese.

Una mezcla de horror y espanto se apoderó de mí al comprobar, con mis propios ojos que la energía eléctrica se había ido, y que el disyuntor no respondía a sus mandos naturales haciéndola volver.

En momentos como estos solo queda mantener la mente fría y los sentimientos controlados, y mi consorte así lo hizo. Después que hubo hecho las verificaciones de rigor, Dany pronuncio con aplomo la tan tranquilizadora frase-diagnóstico que ponía fin a mí angustiante experiencia: “saltaron los tapones”.

Besooo.

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