lunes, 11 de julio de 2011

Profusión electoral

Ayer, como tantas otras veces lo he hecho a lo largo de mi vida, cumplí con mi deber cívico. Aún así esta vez estuvo teñida de estrenos o primeras veces: es la primera vez que voto como porteña, es la primera vez que voto comuneros y es la primera vez que voto en una mesa mixta.

Me gusta ir a votar, ejercer mi derecho ciudadano, expresarme a través de mi voto. Aunque después sea ignorado, no importa. En ese sentido soy una optimista a ultranza, algún día con el avance de la tecnología eso cambiará. Al menos eso es lo que creo, o espero… o lo que sea que deba ser.

Ahora, mi queja amarga. No se quien hará la diagramación de los lugares de votación, tal vez sea una persona o personas con un extraño sentido del humor, o tal vez sea o sean sádicos, o masoquistas o todo eso junto.

Voté en un colegio a unas cuadras de mi domicilio, muy monono, un edificio viejo, remozado, con  unos vitraux adorables. Pero un tanto chico, chiquitititito. La escalera habilitada era mínima, por eso se formaban sobre ellas, colas para subir y para bajar. Cuando finalmente lograbas subir accedías a una especie de palier, (que para no desentonar con el resto del edificio, también era mínimo) y te topabas con otra cola pero esta vez era de la gente que esperaba, en ese incomodo lugar de circulación, para emitir su voto.

Eso sí, la organización era inexistente, fatal, pésima, increíblemente desprolija, mala, malísima. Ni siquiera había un cartel con el diagrama de las mesas. Nadie sabía que números  de mesa estaban arriba y cuales abajo.

Había que buscar guiados por nuestro puro instinto,  entre todo ese mare mágnum de gente la mesa prometida. Lo que no fué tarea fácil, por que la gente era mucha, muchísimo y el lugar era chico, chiquitísimo. No  voy a dar cifras, no soy buena con eso, pero  voy a dar datos certeros, fehacientes, fácilmente constatables. Mi apellido es Peláez, tengo de vecinas a las mesas de los Martínez, y los Pérez, ahora a la mesa mixta de los Martínez y los Pérez. Se podrán dar una idea que pocos no éramos, y todos en un lugar mínimo.

El espacio era tan reducido y la cantidad de personas tan elevado,  que en realidad no sé si voté a quien quería votar o al que quería votar la señora de atrás que se me pegó, pegada pegadísima. Sentía su respiración, sus latidos, su sangre circulando por venas y arterias, y hasta escuché sus pensamientos. Una experiencia… ¿inolvidable?

Otra particularidad que tenía este pequeño escenario electoral, es que no votamos en un cuarto oscuro. No había cuarto oscuro, ni siquiera cuarto, sino una suerte de placard color gris espantoso, con tres paredes. Fue como votar en Narnia. Las boletas estaban colocadas en unas tiras con bolsillos plásticos transparentes, como esos que venden en los llame ya, para guardar zapatos. Ni siquiera había privacidad, tampoco una mesita o estante para doblar la boleta. Mu feo como diría mi abuela Paca.

En cuanto a la veda, me consta que por lo menos tres candidatos, o la gente que tiene a cargo su campaña, no la respetaron. El viernes por la noche, recibimos una llamada invitando a votar a la candidata de un partido centenario. Un partido que tiene su proyecto al sur pego carteles en buzones, teléfonos públicos, mobiliario urbano el sábado por la mañana. El oficialismo, como no podía ser de otra manera, tampoco se quedo atrás, colocó pauta en los partidos de la Copa América. Por lo que me surge una pregunta, si no cumplen respetando la veda, como podemos esperar que cumplan con lo que prometieron hacer en su gestión.

En fin, parece que hay segunda vuelta, así que ahí estaré, emitiendo mi sufragio nuevamente desde Narnia.

Besooo.

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