jueves, 25 de agosto de 2011

¿Adonde estan cuando se van?

Es una pregunta que me hice desde que tengo memoria. Y de esto no hace poco tiempo. Aun no he podido responderla, pero, no pierdo las esperanzas. Cuando era chica era bastante distraída, jamás me acordaba donde dejaba las cosas. En tal caso, si me acordaba no me acordaba bien, por que iba a buscar al último lugar donde me acordaba haberla visto. Por supuesto, la inmensa mayoría de las veces esto no coincidía.
Porque no es lo mismo acordarse donde fue el último lugar en donde se vió algo, que del ultimo lugar en el que se dejó el objeto en cuestión. La diferencia es abismal, es aquella que genera los cuestionamientos, los razonamientos, el atar cabos, y seguir una ruta inexistente que a ninguna parte lleva. Ese es el origen mismo de la pérdida, esa pérdida que conlleva a la búsqueda denodada y sin fin, que nos impide reunirnos con el preciado objeto, que estamos necesitando justo en el preciso momento en el que no nos acordamos donde y cuando lo pusimos.
En aquellos días, mi constancia me abandonaba más pronto que volando ante tanta búsqueda infructuosa. Enseguida me daba por vencida y comenzaba a interrogar a los adultos sobre el paradero del objeto en cuestión, y tratar de que, si cabía la posibilidad, se solidarizaran conmigo en mi búsqueda. Para ello seguía un riguroso orden, basado en mi experiencia y según el grado de importancia que le era por ellos otorgado al terrible extravío por mi sufrido.
La primera indefectiblemente era mi mamá, siguiendo el sabio consejo de mi hermano menor que cada vez que se le perdía algo, lo que era bastante seguido le decía,: “Ma, vos que sos encontradora, ¿no me buscás…?”. Claro. en el caso de mi hermano la búsqueda era más simple, el era más chico al igual que su radio de acción, por lo tanto el encontrarle un objeto no era una labor titánica.
El segundo lugar lo podían ocupar alternativamente mi abuela Máxima o mi tia Vina. Ellas en general eran el último recurso, porque me daban datos obvios, o de lo más imprecisos, que nada aportaban a mi búsqueda. Mi abuela apelando a hacerme utilizar mi razonamiento, amor propio y que pusiera más ahinco en la tarea me decía: “si no lo encontrás es por que no lo buscaste bien. Patas no tiene, no se pudo haber ido solo”. Mi Tia Vina en cambio, utilizaba una respuesta que a ella le parecía de lo más divertida, y que también hoy me lo parece a mí cuando la doy. Obviamente me parece todo lo contrario cuando la recibo o recibía, ella con cara seria como aportándome un dato de vital importancia me decía :”Esta en la esquina, esperando el colectivo.”. En fin…
Los años han pasado, y las cosas se siguen perdiendo y cada vez con más asiduidad. Tengo algo en mi mano, y ¡puf! en un parpadeo ya no esta más. Lo busco, lo busco y no lo encuentro. ¿Dónde está? Quizás en la tierra de los objetos perdidos. Tal vez los objetos sí tengan patitas o patas, o le crecen cuando se pierden, o cuando no sabemos donde lo pusimos. Y con esas mismas patitas van raudo antes que nos demos cuenta que están perdidos a la esquina a esperar el colectivo que los lleva a su paraíso. Ese lugar con el que sueñan todas las cosas mientras están a nuestro servicio, mientras las usamos y no le damos descanso, o las llevamos de un lado para el otro. Ese lugar que los hace perderse.
Sí, lo admito, tengo demasiada imaginación. Pero no van a negar que seria mucho más lindo pensar que un objeto que se pierde está disfrutando de un paraiso en compañía de otras cosas perdidas, que tener la certeza que ese mismo objeto esta debajo de un mueble en un lugar inaccesible llenandose de polvo. ¿No?


Besooo.

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