martes, 16 de agosto de 2011

Muy dentro de la tierra

Es casi como descender a las entrañas mismas de la Tierra. Percibo su calor, su aroma, la temperatura hace que el aire que respiro sea más denso. Todo tiene un compás diferente, un tempo más lento, pausado, el calor todo lo aletarga. Aún así se siente transcurrir la vida en la superficie, rápida, sinuosa. Más viva que nunca, alimentada por el sol y el aire fresco.
A medida que desciendo el calor se siente más y más fuerte, haciendo arder la piel de mi rostro enrojecido. No estoy sola, somos muchos los que estamos aquí, tal vez somos demasiados. Estamos rodeados por una energía extraña, malhumorada, insensible, hostil. Entre la multitud observo  rostros de todo tipo, algunos están algo desencajados, otros denotan el hastío y el tedio, y los menos sostienen una mueca que tal vez podría asemejarse a una irónica sonrisa.
Mi mente juega conmigo un juego cruel y perverso, el tipo de juegos que tiene terminantemente prohibido jugarme, esos que surgen en medio del desequilibrio y la desesperación. Todo comienza con una inocente pregunta ¿sabés donde estás?
Una idea cruza por mi mente, se detiene, se instala y se hace carne. Tal vez no estoy donde creo que estoy, si ella me lo pregunto es por algo, quizás ahora todo tenga sentido.
Es así como comienza el juego y surgen las preguntas. ¿Estaré  donde  creo que estoy o en otro lugar? Esto me recuerda a algo, algo terrible y temido. ¿Será posible, estaré en su territorio? Los extremos no se juntan, se oponen más y más, si hay un cielo tiene que haber un… El temor me invade, y no me atrevo a nombrarlo por que es demasiado aterrador. Serán quizá los dominios del otrora ángel más bello de la creación devenido ahora en él, denominado de varias maneras, el innombrable.
De repente una fuerza sobrehumana me arranca de el juego en el que  mi mente que me tenía absorta, y me lleva hasta un recinto en el que se hace difícil respirar, moverse. Reina en mi la confusión, la desazón se me dificulta entender lo que pasa en mi derredor. Si sólo tuviera  una fracción de segundo para aclarar mi mente lo entendería, sólo necesito esa fracción de segundo para volver a tomar las riendas de mi persona.
Finalmente me sobrepongo y todo se aclara. Las ideas se ordenan en mi cabeza, si bien todo parecía indicarle a mi imaginación  que estaba en el infierno, ella se equivocaba. Esta vez fue una falsa alarma,  sólo era un paro prolongado y sorpresivo del subte. ¿Habrá sido una advertencia?
Besooo.

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