lunes, 1 de agosto de 2011

Y quedaron atónitos...

Después de casi tres semanas, volví a Narnia, y desde allí cumplí con mi deber ciudadano, emitiendo mi sufragio. Esta explicación es para los que no leyeron mi post post elecciones, los demás pueden leer esto a velocidad de legal de radio. No me tocó votar en un cuarto oscuro, ni siquiera en un cuarto, sino en una especie de placar tríptico (tres paredes) de un color gris espantoso, que rayaba en lo deprimente.
Como si no le hubieran faltado ingredientes a estas elecciones, además del frío, también me acompaño Murphy. No, el que era candidato no, sino el de la ley. Resulta que en todas las mesas, incluída la que votaba mi consorte, no había nadie. Pero nadie, nadie, ni siquiera en la de los Pérez que votaban en la mesa que estaba junto a  la mía. Claro, eso no pasó en mi mesa, en la que había una cola bastante nutrida, con mucha más gente que en la elección anterior.
Como sea, algunos de nosotros hemos cumplido con nuestro deber cívico. Otros, quizás, estuvieron ausentes por que estaban de vacaciones, o quizás por el frio, o quizás porque este balotaje carecía de emoción y le sobraba capricho.
Era una obviedad en sí mismo: todos conocíamos el final de la película. Bueno, casi todos, algunos lo ignoraban, aunque en realidad lo que ignoraban era la opinión de la mayoría, y le daban visos de optimismo queriendo revertir lo irreversible. Entonces el optimismo devino en testarudez. Se barajó y se dió de nuevo. Si había dudas, se despejaron. Todo se vió con más nitidez.
Los porteños nos hemos expresado una vez más, ejercimos nuestro derecho ciudadano y, a riesgo de ser tildados de ignorantes, e ignorando el hecho de que a alguien le demos asco, lo hicimos en forma contundente, indubitablemente clara.
En conclusión este caprichoso balotaje en el que la suerte estaba echada,  me deja dos cosas muy en claro:
Primero  se perdió tiempo, recursos y sobre todo dinero. Dinero que no fue poco y podría haber sido de mucha más utilidad aplicarlo a  colegios, hospitales, etc.
Segundo volvió a ganar el que había ganado y a perder el que festejó y creyó que había ganado. Y no sólo que volvió a perder de manera aplastante,  sino que  su inmadura tozudez le regaló un segundo domingo de gloria a su opositor.
La democracia es un ejercicio, un ensayo y error, se aprende y corrige sobre la marcha, todo nos sirve para crecer y mejorar. Ojalá este acto eleccionario sirva para que se replanteen muchas cosas. Entre ellas los términos del balotaje, los candidatos y sobre todo la clase política, que muchas veces no está a la altura de quienes representa.
Besooo.


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