martes, 13 de septiembre de 2011

Anarquistas Viales

Van  distraídos o abstraídos por esas calles de la vida, munidos de su calidad de seres únicos e irrepetibles sobre la faz de la Tierra. Parecieran desconocer su rumbo. Ni siquiera lo presienten, solo lo ignoran o al menos eso es lo que nos hacen creer. Tal vez eso les provoque orgullo o felicidad, los llene de alegría o de sensación de libertad.
Sensación esta que quieren hacer notar a sus congéneres, a los que no consideran pares. Enarbolan su libertad como una bandera apátrida, que sólo ellos juran y defienden con su vida o con las de los demás. Nos toman como rehenes a su paso. Nos limitan, marcan un territorio extenso en nuestro derredor al que reconocen como su entrañable terruño.
Si les preguntáramos como se definirían a si mismos, contestarían que son libres circulantes, actuantes y pensadores. Pero ¿qué pasaría si ellos nos pidieran que los definiéramos?  ¿Como los definiríamos? ¿Como los vemos en realidad? ¿Como ellos creen que los vemos? ¿Le darían valor a las definiciones por nosotros dadas? Y, en tal caso ¿tendrían el temple para soportar el como los vemos?
No lo sé. A veces me gustaría detenerlos,   y hacerles mil preguntas, comparar notas y darles mil respuestas. O, al menos, darle mis respuestas a las preguntas que imagino que ellos querrían hacerme. Lástima que  nunca pude hacerlo por que me faltó capacidad de reacción. Ellos son veloces, escurridizos, se escapan rápida y hábilmente. Actúan de manera camaleónica, se mezclan entre la gente disimulándose, haciéndose casi imperceptibles. No son fáciles de identificar hasta que hacen eso que normalmente hacen.
Si tuviera que definirlos lo haría como anarquistas viales. Los considero como espíritus que se alimentan del caos, las galletas veredísticas. Fagocitan las normas consuetudinarias seguidas por los peatones, y crean las propias. Muy propias. Tanto que sólo ellos las conocen y las siguen como a una Constitución apócrifa. Los insultos de los demás peatones los estimulan y enorgullecen. Ellos deben pensar que los demás los vemos como libres ordenadores y hacedores de un desgobierno vial.
Tal vez este un poco monotemática, pero la culpa no es del todo imputable a mí, porque cada vez que salgo a la calle mi atención me llama con algún suceso veredistico o acerístico. Ayer me preparaba para a cruzar la calle tranquilamente, pero una señora que venía cruzando dió una vuelta en U e interpuso a su hijo con un brazo roto, quedando  frente de mí, a escasísimos milímetros. Para esquivarlos, no pisarlos, ni caerme y salir lo más airosa posible tuve que hacer varias maniobras riesgosas, y todo eso  en 50 cm cuadrados.
Otra modalidad es el cruce de vereda al sesgo, al bies o en diagonal. Dicha modalidad se produce cuando alguien que viene cruzando a la par cambia de idea. Entonces, inesperadamente, se va acercando en forma rápida y decidida. En un principio desconocés sus intenciones y la primera pregunta que aparece en tu sesera es ¿hasta dónde llegará? y, lo más preocupante, ¿cuándo se detendrá?. La respuesta no se hace esperar, lo va a hacer hasta cerrarte,  encerrarte y si no lo rodeás o le franqueás el paso, empujarte. Su idea no es ir por la senda peatonal sino superarla, cruzarla cual maratónica meta y sentir la ansiada victoria.
Ello sin mencionar al brazo motorizado de este grupete, compuesto por: motoqueros, repartidores de delivery y ciclistascon urgencias que circulan por nuestras pulverizadas veredas como si fuera su propio hábitat.
En fin, con el paso del tiempo y la observación me doy cuenta de la manera menos amable, que son varios los que sostienen la loca idea de Olga, una vecina de Santos Lugares. Que cuando alguien llamaba la atención a  su hijo, que circulaba en bici  por la vereda como alma que se lleva el diablo. atropellando a diestra y siniestra a todo mortal que se interpusiera en su camino, ella vociferaba: “¡La vereda es pública!”…Lo que jamás entendió es que es pública, si, pero para caminar.
Besooo.

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