jueves, 3 de noviembre de 2011

Como en un laberinto

Van y vienen sin un rumbo fijo. Andan y desandan un camino que ellos conocen, traman. Lo trazan a su gusto, según su conveniencia y siguiendo sus impulsos. Ante el ojo no entrenado pueden parecer desorientados o erráticos, pero ellos saben muy bien adónde van y por dónde.

Todo comienza con una vuelta, luego otra, es así como se produce una cadena interminable. Una sucesión ininterrumpida que vuelve a comenzar una y otra vez. Prolija y sistemáticamente. Esa es la consigna, así funcionan. Recorren varias veces el mismo punto, lo pasan y repasan, van, vienen.

Su acaracolado recorrido es como una norma pétrea, un hecho inexorable de la vida, una condición inmodificable. Son así, nada ni nadie va a cambiarlos, está en su naturaleza, grabado a fuego en su ADN.

Está integrado por personas de lo más diversas. No se los reconoce fácilmente, hay que estar atentos a sus señales. Conforman una sociedad que no es secreta. Están orgullosos de ser, de pertenecer, de formar parte, de ser un integrante integral de ese laberinto. Ellos son los vuelteros.

Esos seres adorables que parecen estar a punto de salir pero no. De repente se acuerdan que se olvidaron algo, que tenían que acordarse de no olvidarse de llevar. Entonces vuelven sobre sus pasos, buscan lo que tenían que buscar. De repente algo llama su atención, hacen una asociación libre, y surge aquel recuerdo de algo que tenían que hacer y no hicieron, y que los lleva a dar por lo menos dos o tres vueltas más.

Al final de las vueltas que dieron gracias a la asociación libre que los hizo recordar, recuerdan por que volvieron, entonces vuelven sobre sus pasos ya vueltos y revueltos. Buscan el objeto en cuestión y generador de las primeras cinco vueltas de manera infructuosa, entonces vuelven al punto de partida y nada, entonces presurosos retornan al punto de llegada y tampoco, finalmente lo encuentran en ese punto intermedio, ese punto por el que pasaron varias veces y no lo vieron, seguramente porque el susodicho objeto se escondió para hacerles pasar un mal rato.

Pero en el ínterín suena el teléfono, lo atienden, caminan, van, vienen, se distraen y se abstraen. Cuando por fin tienen el, en realidad. los objetos por los que volvieron. Y vos te alegrás porque creés. cándida y erróneamente, que esa era la última vuelta, la definitiva. Cuando por fin creías ver la salida del laberinto, te das cuenta que estás en un error. Porque es en ese preciso momento en el que ellos recuerdan que: o no tomaron la pastilla, o tienen que tomar agua, o no fueron al baño, o se olvidaron de llevar un abrigo, o de dejar un abrigo, o no encuentran las llaves, o …

Besooo.

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