jueves, 19 de enero de 2012

Impalpables y sublimes

Se creen etéreos, aéreos, abstractos e irreales. Tienen la certeza de ser visibles, y la convicción de que se los puede atravesar como al aire, elemento del que aseguran estar compuestos. Su esencia sutil, les permite permanecer en su lugar aferrados, inmutables, sin importarles nada, porque la nada misma los atraviesa.
Todo gira en su derredor, se centran en ese espacio que han elegido para permanecer y tal vez arraigarse. Nada los perturba, ni los inmuta. Ni siquiera los otros seres que son carnales, corpóreos y terrenales. Porque ellos son diferentes, lo saben y lo sabemos.
No permiten el paso a menos que los traspasen, nos incorporan a su escenario para que los contemplemos y, admiremos con asombro la plenitud de su elevada existencia. Sin duda provienen de otros mundos debido a su composición volátil, vaporosa, inmaterial pero visible. Al menos eso es lo que ellos creen, y lo que nos quieren hacer creer.
Pero yo les digo: “No, no lo creo”. No sé si esto será una moda veraniega o se extenderá hasta la temporada otoño – invierno o quizás todo el año (o hasta el 21 de diciembre que es el día que dicen se viene “la fin del mundo”). Por mi bien y sobre todo el de ellos espero que no.
Parece que la nueva costumbre, usanza, modalidad, hábito y/o manía en el ámbito supermercadístico, es acampar delante de las góndolas. Si, gente que se establece y hecha raíces muy profundas delante de las góndolas.
Miran, observan precios, características del producto, lo comparan con otros, organizan debates con su acompañante, acompañantes, otros campistas y/o empleados. Todo un estudio de marketing pormenorizado y exhaustivo, mientras uno espera lo más pacientemente que puede. Repitiendo “Permiso…” como un mantra sin siquiera ser por ellos registrado.
Al ver que la sutileza con ellos no funciona, te ves obligado a echar mano a otros métodos menos sutiles. Dominándote, reprimiéndote, y tratando, obviamente, de no llegar a la crueldad, ni a la lesión permanente.
A fin de abrirte camino, impactás suavemente tu chango contra el suyo, como para hacerles notar que no podés pasar porque ellos están ocupando todo el pasillo con su chango colocado al bies.
Con esa pequeña acción tratás de inducirlos a que noten, y por tanto se den cuenta que, aunque ellos tengan la firme creencia y convicción que son etéreos, no lo son. Que se enteren de una vez por todas, que no se los puede atravesar como al fantasma de Canterville.
Que tomen conciencia de que si no se corren, con ellos desparramados por todo el pasillo, no podés pasar, por más que tengas la mejor voluntad de este mundo. No vas a poder lograrlo, al menos en esta vida. Porque vos tampoco sos inmaterial.
Está bien lo reconozco, me hago cargo. Conozco y reconozco mis falencias y debilidades, pocas cosas me irritan, enfurecen, y malhumoran más que ir al supermercado, ni siquiera planchar. Pero este nuevo y generalizado hábito maniático, piquetero de góndolas, me está sacando de quicio.
Besooo.

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