miércoles, 29 de febrero de 2012

La indiferencia, hace la diferencia.

A veces el no hacer y, sobre todo, el no decir, no significa nada. Lo que hay que dejar claro es precisamente eso, que no significa nada. A veces es mejor aclarar, porque el no aclarar oscurece. Otras veces hay que expresarse de manera indubitable, justamente para eliminar o aclarar las dudas, para que no se generen suspicacias. O directamente para cortar de raíz todas las especulaciones que el hecho genere.

En los últimos días se han producido en nuestro país varios hechos. Algunos graves, otros gravísimos y por demás dolorosos. Estos hechos nos desestabilizan y calan profundo, son cuestiones de fondo que nos ponen a reflexionar, a pensar profundamente. En consecuencia, a preguntarnos: ¿donde nos sitúa la clase política a los ciudadanos? ¿Por qué nadie nos dice nada?.

Siempre he sido muy suspicaz, perspicaz y sobre todo desconfiada. Si algo no se me dice lisa y llanamente, mi imaginación llena los espacios vacíos y los puntos suspensivos. Y les puedo asegurar que genera algo mucho peor que la verdad misma, por más cruda que sea. Como yo, supongo que habrá mucha gente. Para que eso no pase, necesitamos explicaciones claras, concisas.

No nos basta que el vicepresidente salga a tocar con la Mancha de Rolando con una remera que dice: “Clarin miente”. Necesitamos que nos diga porque miente, en que miente, para que miente Clarín y los demás testigos que lo señalan como haciendo “negocios” a través de testaferros. Pero no, él no lo dice. Se lo guarda para sí, y sólo para sí. Porque todavía el juez no lo llamó a declarar. Es en esos momentos cuando surge mi voz interior que nunca se calla, y me pregunta: ¿Por qué el juez no lo llamó?

No sé porque no lo llamó a declarar cuando todas las pruebas lo señalan directamente, no me lo explico. Aunque lo sospecho secretamente sin querérmelo contestar, o querérselo contestar a mi voz interior. Esas y muchas otras cosas son las que no me explico, o que tal vez no quiero explicarme.

Tampoco entiendo porque el secretario de transporte dijo lo que dijo y esta todavía en su puesto. Ni por que la Ministra del Interior mintió como mintió en su comunicado. Contando una historia que pertenecía a una realidad paralela. Una historia que nadie creyó sobre como y porque se lo había encontrado a Lucas, y allí sigue ella en su puesto, cumpliendo esa función como la cumple.

No entiendo, tampoco, porque el estado es querellante en una causa en la que debería ser querellado, por haber incumplido su deber de controlar a la empresa privatizada. Ni porque se tardó tanto tiempo en intervenir TBA. Ni por que faltan 20 minutos en la grabación de la conversación que sostiene el maquinista del tren siniestrado con el control. Tampoco entiendo porque no se le saca de una vez y para siempre la concesión a TBA. Ni porque habiendo pasado una semana la gente sigue viajando en pésimas condiciones como siempre, y en las mismas unidades.

¿Qué pensarán ellos de nosotros? Cuando no nos dicen lo que deberían decirnos, o cuando no nos dicen lo que deberían decirnos. Como siempre tengo más interrogantes que respuestas. Pero lo único cierto, es que yo si sé lo que pienso de ellos, esas tres palabras que me taladran las sienes.

Esas tres palabras que no son publicables, pero que definen a todos y cada uno de ellos de maravilla. Esas tres palabras que debería escribir pero que no escribo por respeto, y porque me lo impide la educación que traigo desde la cuna. Eso es lo que marca la diferencia. En fin, como decía mi abuela Máxima: “Lo cortés no quita lo valiente”.

ferro

Besooo.

martes, 28 de febrero de 2012

En boca del mentiroso…

 

Mentir es un mal arte, pero un arte al fin. Para mentir hay que tener talento. El talento es un don, una extraña alquimia que definiría como: una suerte, de suerte que te toque, combinado con facilidad para algo y habilidad para reconocer ese algo. Esto nos es ajeno y propio a la vez,  nos pertenece pero no es de nuestra propiedad.

No lo ganamos con trabajo o mérito, nos tocó en el reparto de fábrica. Se nos dio al igual que la nariz, el color de ojos o la altura, tal vez para mantener el equilibrio. Lamentablemente si hay algo en esta vida para lo que soy hábil, es para mentir.

No soy una mitómana, detesto la mentira por más que sea blanca, piadosa o pequeña. Esta habilidad que me vino de fábrica, solo la utilizo con fines lúdicos y sano esparcimiento. Para hacer alguna que otra bromilla. Por ejemplo cada año, cada 28 de diciembre, día de los Santos inocentes, mi madre es uno de mis blancos.

El secreto es crear un clima, todo tiene que encajar, no puede haber cabos sueltos. En cierta manera se tiene que estar convencido para convencer, y sobre todo estar seguro de lo que se va a decir. Lo importante es tener un total control, que no se mueva un solo músculo, ni cambie la inflexión de la voz. Es ahí es donde entra en juego el don, habilidad o como se lo quiera denominar. Es él quien nos sostiene para sostener nuestra “puesta en escena”.

Hay varios errores en los que se cae cuando se quiere mentir. Uno muy común es reírse cuando se dice la mentira. Y lo peor, aun, es tratar de ocultar esa risita que se va convirtiendo progresivamente en una risa casi incontrolable. Como hace mi papá cuando me quiere devolver la broma. Por eso siempre lo descubro.

Otro error es decir una mentira y que todo nuestro alrededor diga lo contrario a viva voz, casi a los gritos. Eso es demoledor, insostenible, eso echa por tierra toda esa bella y prolija escena que hemos construido a través de la “fantasía y la inexactitud”. Todo el argumento que planteamos cae ante lo que nos rodea. Es en esos momentos en los que el telón cae, es escenario queda al descubierto y se ve la realidad.

Se ven las cosas como son, se ve que las puertas no son puertas, las ventanas no son ventanas, y los muros no son muros sino solo cartón pintado. Muy bien pintado, con sus luces y sus sombras, pero cartón pintado al fin.

Eso es lo que le pasó a The Economist, una prestigiosa revista reconocida en el mundo de la economía y las finanzas. En la referida revista se recomienda que no se tomen como ciertos los datos del INDEC.

The Economist lamenta el “proceso de degradación” que sufrió este instituto. En la búsqueda por sostener la labor de la presidente. La nota dice que el INDEC “fue uno de los mejores institutos de estadísticas de América Latina”

No faltarán las voces que digan que The Economist es una revista de origen Británico. Que emprendió una campaña de desacreditación contra el gobierno Argentino por su reclamo por Malvinas. Tal vez puede ser… aunque todos sabemos cual es la verdad.

Todos vamos al supermercado, no al que va Moreno, sino a otro. Todos sabemos cuanto rendían $ 100.- hace seis meses, hace un año, o hace dos y cuanto rinden ahora.

Son los mismos $100.- el mismo billete, el mismo color y tamaño que antaño, pero, rinde menos. ¿Por qué será? No lo sé, yo me doy cuenta de eso , vos te das cuenta de eso, The Economist se da cuenta de eso . Pero ellos no se dan cuenta de eso, y eso es por que el INDEC les dice otra cosa.

Quizás el INDEC no haya venido con ese talento de fábrica para decir mentiras por eso se hacen evidentes. O quizás lo haya utilizando tanto y mal, que se cumple lo que decía mi Tía Vina: “En boca del mentiroso lo cierto se hace dudoso”.

ferro

Besooo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Esta ¿será la última vez?

 

En otro post, en el que traté un tema similar al que voy a tratar aquí, sostuve que Dios es Argentino. Y que si no nos pasan cosas más tremendas de las que nos pasan, es porque él nos cubre con su halo protector. Él es omnipotente, pero creo que los trenes de TBA lo superaron.

Esta vez no pudo protegernos de todos y cada uno de nuestros males. Del enorme abandono, la estafa, la corrupción y la desidia. Dios no debe ocuparse de cuestiones terrenales. De estas cuestiones incomprensibles, trágicas y vergonzosas, deben ocuparse el o los dueños de TBA. Que es una empresa privada y subsidiada por el Estado Nacional, o sea, por nosotros.

Esos son temas que además también deberían ocupar a las autoridades. Claro, tal vez ellos sé hayan enterado ayer o tal vez hoy de esto. Cuando ocurren este tipo de cosas me conmuevo, aunque lamentablemente no me sorprende. Como dije más arriba, este tema lo traté en otro post en el que me referí a otro accidente. El que casualmente tuvo como protagonista también a una formación de TBA. Ojalá esta sea la ultima vez que tenga que hacerlo.

En ese tren podría haber viajado yo o mi consorte, o ambos. Nosotros también fuimos sufridos y maltratados usuarios de la Ex Línea Sarmiento por muchos años. Viajar en esa línea es una experiencia que definiría como horriespantosa. Si, es algo tan espantoso que hasta pueden inventarse palabras, para tratar de describir esa inenarrable experiencia. Una mezcla ilimitada de horror y espanto.

Todas las formaciones están destruídas, a todas les faltan vidrios, y lo habitual es que las puertas no cierren. Los vagones van atestados, la frecuencia es pésima por lo que siempre se viaja como si fuera hora pico. Es habitual que se cancelen servicios, generalmente no se dan explicaciones del porque.

Otras se informa que la formación no sale por un desperfecto técnico. Otras veces esa formación que se suponía que no salía por que tenía un desperfecto técnico, sale después de cierto tiempo, varios minutos, muchos, muchos, informándose que el mismo se encuentra subsanado. Así mágicamente, lamentablemente la gente se ve obligada a subir igual, sin confirmar en forma acabada si el desperfecto se subsanó o no. De otra manera llegaría tarde o más tarde a su trabajo.

Una vez en Liniers se informó que el tren no seguía porque había habido un accidente. Media hora después, todos los que allí estábamos, no podíamos salir de nuestra sorpresa, asombro estupor y sobre todo bronca. Cuando escuchamos por los altoparlantes: “Que el servicio se reanudaba porque el accidente se había suspendido”.

También es habitual que avisen por los alto parlantes, en pleno trayecto, que el tren no va a parar en todas las estaciones, sino que va a prestar un servicio rápido. Por lo que mucha gente debe bajarse de la formación y esperar a la siguiente, lo que le produce una pérdida de tiempo al usuario.

Se producen habitualmente cortocircuitos y explosiones en las formaciones. Eso genera pánico y hace que la gente, temiendo que se produzca un incendio, rompa los vidrios de los vagones para saltar a las vías.

En las formaciones no viaja personal de seguridad, los robos son constantes. En la tarde/noche no se puede acceder al furgón, por que se convierte en un espacio exclusivo para aquellos, que consumen drogas y alcohol.

En definitiva, el sufrido y maltratado usuario de esta línea viaja incómodo, hacinado, bastante peor que el ganado. Viaja librado a su suerte, con la única protección de Dios.

Mis condolencias para las familias de las victimas. Mi solidaridad infinita con todos los heridos. Y con todas aquellas personas que no tienen otro remedio que tomar todos los días esa pesadilla a la que la empresa denomina “tren”.

Si fue un accidente podría haberse prevenido. Ojalá las autoridades estén a la altura de las circunstancias. Ojalá esta vez sea la última vez. Ojalá esta vez hagan algo definitivo. Ojalá...

Besooo.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Un fracaso de miércoles…

“Persevera y triunfarás”, me decía siempre mi abuela Máxima. Tal vez la repetición de ese inocente dicho sea la culpable de ciertas aristas no del todo pulidas que forman mi carácter. Aristas que, obviamente y no tanto, he tratado de ir puliendo sin éxito a través de los años

Aunque, pensándolo bien, el dicho popular que me repetía mi abuela en nada tiene que ver con mi enorme costado, casi frente, porfiado y más que tozudo.

Más bien, esos son mi rasgos inherentes y característicos, cuya patente por el momento se encuentra en trámite. Por tanto, tengan a bien abstenerse de registrarlos.

Esos rasgos, aristas y/o costados incipientemente limados, son los que me convierten en una luchadora incansable de causas estériles y perdidas.

Hoy mi causa, espero que no perdida sino simplemente demorada, es la SUBE, mi SUBE. Ante todo quiero aclarar un temita por este medio, ya que perdí las esperanzas de encontrar al Sr. Schiavi en alguna cola, en virtud que renunció a su subsidio. Tampoco pienso que vaya a leer esto, pero… Como les dije, las causas perdidas son mi débil debilidad.

En mi caso al menos, no es como dice el spot oficial “que todos esperamos hasta ultimo momento para obtener la SUBE”. Tenemos la tarjeta Monedero. mi consorte la tiene desde el 2007 y yo desde hace más de dos años.

Nuestro retraso en la solicitud se debió a que, a ultimo momento, como hacen siempre, salieron con que no iban a servir más las tarjetas que teníamos.

Por eso, cuando se hizo el aviso, en forma extemporánea, comenzamos con mi consorte el largo y estéril periplo de intento de consecución, infructuosa por cierto, de la SUBE.

Hace dos semanas se produjo el Milagro, el milagro se produjo el miércoles 1, en el que anunciaron que la SUBE se podía sacar por Internet, un milagro de miércoles, sin duda.

El progreso llamaba a nuestras puertas. Atrás quedaban las colas interminables, la falta de plásticos y los antipáticos carteles anunciando falta de sistema o agotamiento de existencias. Me sentía feliz, por fin iba a tener mi SUBE.

Dos semanas después de ese hecho milagroso, en el que después de una congestión internetística pude por fin iniciar mi trámite, mi esperanza comienza a debilitarse, a tornarse inexistente. En estas dos semanas sólo hubo silencio.

Nunca recibí un mail confirmatorio, ni uno rechazatorio. No hubo ni siquiera un histeriqueo de parte del ministerio, mediante un mail que me confirmara para luego rechazarme.

Yo sigo igual, día tras día de miércoles. Sigo sin tener la tarjeta SUBE en mi bolsillo. Sigo esperando una respuesta que alimente mi esperanza, sigo tratando de procesar este fracaso de miércoles.

Besooo.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Qué va a pasar?

Un día estábamos en clase de Geografía. El tema era los ríos y sus cuencas. Como siempre, una cosa trajo a la otra. Y la otra trajo el planteo que nos hizo la profesora: “El agua dulce se está agotando, los mares avanzarán sobre el continente. Piensen”, nos dijo, “que pasaría si el mundo se quedara sin agua.”

Acto seguido, se produjo un silencio sepulcral, nadie podía imaginar un mundo sin agua potable. Nuestro país estaba colmado de ríos, era algo inimaginable. Entonces, alguien pronunció la respuesta preclara, que la humanidad estaba esperando desde hacía centurias.

Algún iluminado dijo: “Cuando no haya agua… ¡tomaremos soda!”. En ese momento, nos pareció de lo más ingenioso y sobre todo gracioso. Claro, eso generalmente sucede cuando uno es chico, inconsciente y está en la edad del pavo.

En algunos países y continentes el agua es un bien preciado porque es escaso, muy escaso. Los desiertos avanzan a pasos agigantados sobre regiones que antes eran fértiles. Por aquellos lares, no utilizan el agua como lo hacemos nosotros. Para nada.

La misma cantidad de agua que nosotros utilizamos en un día es, quizás el consumo que ellos tienen para una o varias semanas. No debe ser fácil vivir con el agua racionada, cuidándola como si fuera oro.

¿Qué pensaría esa gente si supieran que a los gobernantes de nuestro país le importa más el oro que envenenar el agua?. ¿O que les importa más que pasen los camiones con explosivos que la seguridad de la gente que los puso en su puesto?

El viernes estaba mirando lo que pasaba en Tinogasta. Sentí tantas cosas. Sentí impotencia, dolor, y sobre todo vergüenza propia y ajena. Se me hizo un nudo en la garganta y en el corazón al ver a la policía reprimir a los manifestantes con balas de goma, gases, golpes y perros.

Todo valía, nada era mucho para reprimir a los manifestantes como si fueran delincuentes. Parece que todo es poco para defender los intereses de las mineras, sólo es su voz la que vale, y la que cuenta.

Entre los manifestantes había una chica con su hijito de la mano y otro bebé en su panza. La habían golpeado y mucho. Ella estaba llorando y su hijito la consolaba. Lo curioso es que a pesar de que estaba muy golpeada, no lloraba por sus golpes, tal como dijo ella: lloraba por impotencia. Por que nadie los escucha, porque están solos.

Me impactó la mirada del nene hacia la policía, que le había pegado a su mamá y a sus vecinos. El los miraba en silencio, con sorpresa, y estupor. No entendía muy bien que era lo que estaba pasando.

Yo me pregunto, ¿cómo explicarle a ese chiquito que la policía que debería proteger a los ciudadanos, es la que los está reprimiendo sólo por defender pacíficamente sus derechos y los de todos nosotros?

Les soy sincera, yo no podría hacerlo, se me caería la cara en mil pedazos. Tal vez alguna autoridad podría hacerlo… ¿No?

Mi solidaridad infinita con la gente del Famatina. Se puede vivir sin oro pero NO SIN AGUA.

Besooo.

PD: Después que se fuera la policía, los manifestantes volvieron a cortar la ruta en Tinogasta.

viernes, 3 de febrero de 2012

Mi Kriptonita

Me sume, me consume, me atrapa y lo repelo. Me invade y lo evado, pero el sólo verlo me debilita. Su estrategia es simple: él sólo se presenta delante de mí. Eso me paraliza, me distrae y con ello neutraliza mi defensa a su ofensa.
Profundo, pasión, furioso bermellón, chillón, claro, oscuro, señal, sangre o punzó. Son distintos los tonos, variantes, componentes, escalas y valores. Aunque genera en mí una misma sensación, un mismo sentimiento, un mismo rechazo y disgusto.
Al igual que Superman, yo tengo algo que me estigmatiza, me saca fuerzas, consume mis energías como si mis pilas estuvieran en corto y me debilita. A diferencia de él, lo que produce este efecto en mí no es un mineral, y mucho menos verde. Es un croma y es el rojo.
No sé por que, pero es un color que detesto. Es un color que si es usado en mi derredor me debilita, me pone colorada, consume mis energías y me exaspera. Es un color que no elijo, que no me simpatiza ni me atrae. El rojo me da mala espina, para mí es de mal augurio.
Esto no es algo casual, sino causal. Varias cosas sirven de apoyatura a mi teoría de que el rojo no es una buena señal. Por ejemplo, en las películas, libros de cuentos que tienen personajes de madrastras malvadas, series, y novelas de bajo presupuesto, el villano siempre está vestido de negro. Pero ¿de qué color esta vestida la villana o bien tiene algún detalle que la distingue?.
Por supuesto, de rojo. Siempre de rojo. Y si no tiene algún detalle sobresaliente. como unas uñas interminables pintadas de rojo, o tiene su boca prolija e intensamente coloreada de rojo, o su pelo es de un rojo imposible, o lleva unos zapatos con un taco de veinte centímetros de con un rojo que te deja sin humor vítreo.
Hay que tener algo muy claro, y en esto hay que ser muy específico y preciso por que puede dar lugar a confusión. Un detalle no invalida al otro, a veces la mala en cuestión cuenta con varios detalles. Aunque, depende, claro está, del grado de maldad que se quiera significar.
La regla de oro es que siempre en estos casos hay algo rojo que anuncia a voz en cuello que esa va a ser la piedra del escándalo. La que no se trae nada bueno bajo el poncho, la que va a sembrar la discordia en la parejita y va a tratar de quedarse con el marido de la sufrida protagonista. El rojo es el color que unifica y embandera bajo sus filas a los non sanctus de las ficciones. Es así, va de suyo, todo el mundo lo sabe.
Tal vez esta cuasi cromatofobia sea todo obra y cuestión de mi marulo que no esta del todo en equilibrio, y hace imputaciones o asociaciones libres que nada tienen que ver con nada. Tal vez esta extraña aversión al color rojo que tanto me altera se deba a un hecho traumático ocurrido en mi niñez o adolescencia.
Quizás me traiga recuerdos de los múltiples porrazos que me dí, tratando de aprender a andar en mi bicicleta Aurorita, que casualmente era roja. O quizás se deba al hecho de haber tenido tanto y tanto feriado en matemática en mi boletín (léase aplazos).
Besooo.

jueves, 2 de febrero de 2012

Venezaires

Hoy pensaba tomarme un jueves sabático. Ayer mi atención estaba dispersa, no lograba captar mi interés con nada. Estaba allí sentada frente al monitor, mirando fijamente la poco inspiradora página en blanco. Veía el cursor inmóvil, titilando.
Sentía que él me decía, en cada parpadeo “No importa, si no se te ocurre nada, dejá. Dejame acá, yo sigo haciendo lo mío, titilar”. Hasta que por esas cosas, dirigí mi mirada hacia la ventana, como tratando de ignorar el permiso que me daba el cursor, y ví la terrible transformación que se estaba produciendo.
Ví como una maravillosa y soleada tarde de verano se convertía en el presagio de una desastrosa tormenta. El cielo se fue tornando de un celeste cielo a un verde extraño, para convertirse después en un negro casi profundo.
Luego ese silencio ensordecedor que se oye cuando el cielo se torna denso, pesado. Y se sitúa bajo, bajísimo, tanto que casi puede tocarse apenas estirando el brazo. Después de ese instante se produce la tormenta, ruidosa, orgullosa, provocativa, furiosa, destructiva, pomposa y violenta. Y cuando ella comenzó a mermar, entramos en cadena.
Ella habló a destiempo, la retrasó la tormenta, como dijo de manera enfática. Aunque sólo la retrasó, permitiéndole transmitir todo ese cúmulo de datos numéricos, estadísticos, y porcentajes. Soy absolutamente sincera, al segundo porcentaje y tercera cifra, mi atención pegó un portazo y se fué, dejándome sola con mi inexistente hemisferio izquierdo.
Sé que algunas cosas subieron y otras bajaron. De lo que no estoy segura es si subió lo que tenia que subir y bajó lo que tenía que bajar. Aunque claro, si estos datos emanan del INDEC, daría lo mismo.
La cuestión es que ayer llovió como nunca y se inundó como siempre. La ciudad parecía Venecia, no era del todo navegable, pero casi. Algunos autos se tornaron en una suerte de barcos a la deriva porque flotaron y chocaron entre sí a causa de la corriente. Si. hacemos todo a medias, porque para que las calles de la ciudad sean navegables, todavía nos falta infraestructura.
Lo raro es que pasan los años, pasan los gobiernos, y el problema subsiste. Si no se tapan las alcantarillas porque “tiramos basura”, se desborda el Maldonado, o bien se producen ambas cosas. Pero al menos una vez al año estamos con el agua hasta el cuello. Al menos una vez al año, literalmente hablando…
Últimamente, el ser porteño se esta tornando un Karma, en una empresa peligrosa, riesgosa, casi como vivir al filo, al límite. Una suerte de maldición se cernió sobre nosotros. No sólo nos castiga la naturaleza con sus inclementes inclemencias, sino también el Ministerio del Interior dejando nuestra seguridad a la deriva en hospitales y subtes.
Me pregunto, ¿qué habremos hecho para merecer esto?. Esta maldición que nos aqueja a los porteños ¿tendrá algo que ver con que Filmus perdió en la ciudad?. No lo sé, una vez más quedo con más incógnitas que respuestas.
Besooo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

¿Un milagro de miércoles?

Esa extraña dicotomía, esa mezcla incomprensible de época de las cavernas y generación X que tiene nuestro país. De repente te encontrás en el siglo XIV rodeado por todos sus laberínticos vericuetos e incomodidades. Y así de un plumazo, casi sin darte cuenta, el siglo XXI te toca el hombro, y se te hace presente frente a vos como por arte de magia.
Estos últimos días vi buscar y busqué la SUBE infructuosamente. Era casi tan difícil de encontrar como la aguja en un pajar, la fórmula de la felicidad, el secreto de la eterna juventud, el oro al final del arco iris, o el mismo eslabón perdido. El universo se había vuelto en contra de todos nosotros, los buscadores de la SUBE.
Los motivos por los que ella no se hacia presente eran varios y diversos. O no había formularios, o no había sistema, o no había plástico, o faltaba voluntad. Había de todo menos lo que tenía que haber y faltaba todo lo que no había. En fin que todo salía sobrando o faltando, todo dependiendo del cristal con el que se mirara.
Lo cierto, lo real era que perseguíamos un sueño, una fantasía una quimera… Algo sin existencia, sin substancia, sin cuerpo y sobre todo sin alma. Ya habíamos perdido nuestra fé, esa que según las escrituras puede mover montañas, pero no conseguirnos la SUBE.
Fue en ese momento cuando creí que todo estaba perdido que la vi. Ella no me vió, pero yo sí a ella. Era “la noticia” esa por la que todos estábamos clamando y reclamando. Esa que nos pondría nuevamente en este milenio y en esta centuria.
La SUBE se puede solicitar por Internet. Al fin nuestras plegarias fueron escuchadas. Mi consorte subió raudo las escaleras, se sentó frente a su PC y digitó con orgullo la dirección en cuestión. La página no funcionaba, ni en ese momento ni media hora después ni tampoco una, ni dos. Tal vez lo conseguimos después de tres horitas de puro intento.
Cuando por fin había obtenido mi número de trámite eran las 0:05 del día miércoles, emocionada grité “¡Milagro de Miércoles!”. Claro, ahora para que se dé el milagro principal, hace falta que se sucedan varios milagros satélites. O, lo que es lo mismo, una sucesión de pequeños milagros que hacen al cumplimiento del milagro principal.
Es decir, tengo el número de trámite, o sea pude llenar ese maravilloso formulario que tantas veces reclamé y por esas cosas la vida me negó. Pero todavía no tengo la tarjeta físicamente, la tengo de manera virtual, o sea, es como un supuesto. Porque lo que se dice en firme, firme, en la mano, no tengo nada, sigo como hasta ayer cuando intentaba conseguir la SUBE o entrar a la página.
Para tener la tarjeta en mis manos, todavía la Secretaría de Transporte tiene que mandarla a mi domicilio a través del Correo. Y para que me llegue, el Correo tiene que funcionar y no estar en conflicto. Y para que no esté en conflicto hay que solucionar el temita que tienen en el Ministerio de Trabajo con Moyano, que es el que casualmente esta bloqueando la salida de los camiones.
La cuestión es que como siempre termino con más dudas que certezas. Lo único que ansío es que este Milagro tecnológico, producido un día miércoles no termine como un milagro de idem.
Besooo.
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