jueves, 2 de febrero de 2012

Venezaires

Hoy pensaba tomarme un jueves sabático. Ayer mi atención estaba dispersa, no lograba captar mi interés con nada. Estaba allí sentada frente al monitor, mirando fijamente la poco inspiradora página en blanco. Veía el cursor inmóvil, titilando.
Sentía que él me decía, en cada parpadeo “No importa, si no se te ocurre nada, dejá. Dejame acá, yo sigo haciendo lo mío, titilar”. Hasta que por esas cosas, dirigí mi mirada hacia la ventana, como tratando de ignorar el permiso que me daba el cursor, y ví la terrible transformación que se estaba produciendo.
Ví como una maravillosa y soleada tarde de verano se convertía en el presagio de una desastrosa tormenta. El cielo se fue tornando de un celeste cielo a un verde extraño, para convertirse después en un negro casi profundo.
Luego ese silencio ensordecedor que se oye cuando el cielo se torna denso, pesado. Y se sitúa bajo, bajísimo, tanto que casi puede tocarse apenas estirando el brazo. Después de ese instante se produce la tormenta, ruidosa, orgullosa, provocativa, furiosa, destructiva, pomposa y violenta. Y cuando ella comenzó a mermar, entramos en cadena.
Ella habló a destiempo, la retrasó la tormenta, como dijo de manera enfática. Aunque sólo la retrasó, permitiéndole transmitir todo ese cúmulo de datos numéricos, estadísticos, y porcentajes. Soy absolutamente sincera, al segundo porcentaje y tercera cifra, mi atención pegó un portazo y se fué, dejándome sola con mi inexistente hemisferio izquierdo.
Sé que algunas cosas subieron y otras bajaron. De lo que no estoy segura es si subió lo que tenia que subir y bajó lo que tenía que bajar. Aunque claro, si estos datos emanan del INDEC, daría lo mismo.
La cuestión es que ayer llovió como nunca y se inundó como siempre. La ciudad parecía Venecia, no era del todo navegable, pero casi. Algunos autos se tornaron en una suerte de barcos a la deriva porque flotaron y chocaron entre sí a causa de la corriente. Si. hacemos todo a medias, porque para que las calles de la ciudad sean navegables, todavía nos falta infraestructura.
Lo raro es que pasan los años, pasan los gobiernos, y el problema subsiste. Si no se tapan las alcantarillas porque “tiramos basura”, se desborda el Maldonado, o bien se producen ambas cosas. Pero al menos una vez al año estamos con el agua hasta el cuello. Al menos una vez al año, literalmente hablando…
Últimamente, el ser porteño se esta tornando un Karma, en una empresa peligrosa, riesgosa, casi como vivir al filo, al límite. Una suerte de maldición se cernió sobre nosotros. No sólo nos castiga la naturaleza con sus inclementes inclemencias, sino también el Ministerio del Interior dejando nuestra seguridad a la deriva en hospitales y subtes.
Me pregunto, ¿qué habremos hecho para merecer esto?. Esta maldición que nos aqueja a los porteños ¿tendrá algo que ver con que Filmus perdió en la ciudad?. No lo sé, una vez más quedo con más incógnitas que respuestas.
Besooo.

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