lunes, 5 de marzo de 2012

Nunca digas ¿nunca?

Nunca pensé que esto terminaría así. En realidad, nunca pensé que terminaría. Lo creía eterno, atemporal, sin fecha de caducidad. Tal vez la comodidad y la conformidad trajo esas locas ideas a mi mente. Tal vez debía haberlo previsto. Si algo me enseñó la vida, y de la manera y en la forma más cruenta que pudo, es que nada es eterno.

Todos y todo en este mundo tenemos marcado un principio y un fin. Nuestra única certeza es ese fin, que llega en forma inexorable e impostergable. Es ese fin el que marca un nuevo comienzo, el que pone en marcha una vez más la maquinaria para que esta logre su cometido.

Pero claro, hay excepciones y esta es una de ellas. No siempre el fin anuncia el principio. Hay fines sin principio como en este caso, como en nuestro caso. Mi tarjeta Monedero aún no tiene sucesora.

Para los que leyeron mis otros post, (sí, otros), a este respecto, lean a velocidad de legal de radio. Para los que no los leyeron, léanlo… “a conciencia”. A fines de enero, al igual que muchos felices poseedores de la tarjeta Monedero, mi consorte, ellos y yo, nos enteramos que nuestra tarjeta, no iba a ser bendecida o alcanzada por el subsidio.

A partir de ese momento empezó nuestro interminable, dificultoso, imposible y engorroso periplo para conseguir la SUBE. Lo intentamos durante semanas, pero nada, no estaba por ningún sitio. En un momento comencé a pensar que la SUBE era una leyenda urbana, todo el mundo había oído hablar de ella, pero nadie la había visto.

Hasta que por fin, llegó ese milagro. Ese milagro impensado, ese milagro que aboliría las largas y multitudinarias filas al rayo del sol. Llego a nuestras vidas lo que otrora hubiéramos denominado “Argentina año Verde”. Así es, Argentina había madurado, y se había tecnificado.

Por fin podríamos sacar nuestra SUBE por internet, y así lo hicimos, el 1 de febrero a las 12:05 PM pudimos completar nuestro trámite. La sube ya estaba en marcha, había vuelto a nosotros la esperanza perdida. Todo era cuestión de una semana, tal vez días, u horas para que la tuviéramos en nuestras manos.

Seguíamos ávidos e ilusionados, el trámite por internet, cual niños que siguen por Google Earth la ruta de Papa Noel o los Reyes Magos. Todo estaba allí, los cambios eran constantes, parecía mentira, ella cada vez estaba más próxima, se acercaba a pasos agigantados.

De repente nada más pasó, todo se detuvo, se congeló como en una fotografía. Por días, y días y días nada más supimos de ella. Después de tantos avances sobrevino el estancamiento, el statu quo se hizo presente en nuestras vidas para quedarse.

Esta vez fue mi consorte el que no lo soportó más, el que quiso dar un corte, el que quiso saber porque. Entonces tomó el teléfono y marcó el número, que nos sacaría de las ascuas en las que estábamos sumidos desde el 18 de febrero, día en el que dejó de avanzar.

Primero llamo al número de SUBE. Marcó una, otra, otra, y otra vez más y nada, nada, nada de nada. Entonces llamó al Correo Argentino, la deben tener ellos pensó lógicamente. Después de escuchar un rato de música clásica, una voz humana se hizo presente en el auricular.

Una vez que le fuera formulada “la pregunta” por mi consorte, ella le respondió muy amablemente que el Correo Argentino no tenía nuestra tarjeta, y que ellos tampoco tenían plásticos para darlas. Por lo que nuestras esperanzas de recibir alguna vez la sube se están circunscribiendo a nunca.

Ahora bien, nuestra tarjeta no la tiene el Correo, tampoco la emitió SUBE. O sea que durante todo este tiempo lo único que hicimos siguiendo el trámite por Internet, fue el ridículo.

Para agilizar un poco la cuestión, lo único que se me ocurre, si les falta plástico, es ofrecerles algunas de las tapitas que junto para el Garraham, o algún envase de lavandina, shampoo, detergente. Se lo estaría llevando a Schiavi al Flenni de una corrida, o donde me digan, así nos hacen aunque sea dos tarjetitas… ¿No?

ferro

 

Besooo.

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