jueves, 10 de noviembre de 2011

Netamente Terrenales

Suenan y resuenan orgullosos, impertinentes. No respetan ni conocen horarios, carecen del sentido de la oportunidad. Son impredecibles, por unos instantes se apoderan de nosotros haciendo que nuestro corazón se paralice. Nos asustan, nos alivian, nos sobresaltan y nos advierten.

En ocasiones, sus ecos estentóreos persisten por algunos segundos en nuestros oídos, encariñados. Permanecen inmutables hasta que se van como vinieron. Sorpresivamente y sin aviso previo. Hasta que sólo queda de ellos un disonante recuerdo.

Como siempre, desconozco el porqué. En general los temas que trato son especialmente seleccionados por mi atención, que capta a mi interés al igual que una serpiente, embelesándolo, inmovilizándolo hasta adueñarse completamente de él. Esta vez mi atención fue llamada, atraída, captada, por algo que quizás sea pasajero y estacional. Al menos eso es lo que espero, anhelo y deseo con todos mis tímpanos. Con nosotros, ”los portazos”.

Son meramente terrenales, con las puertas del cielo esto no pasa, al menos eso es lo que creo. Según un estudio por mi realizaado, la variedad de portazos es infinita, todos son muy diferentes. Tampoco tienen la misma intensidad, ni mensaje. Esta clasificación solo contiene unos pocos tipos, tal vez para mi los más significativos. 

Están los que podemos encuadrar como desinhibidos, estos se muestran al mundo tal como son, abiertos, provocativos. Otros son más tímidos y reprimidos, no alcanzan a dar su mensaje a viva voz, se quedan a medio camino dando una semblanza parcial. Muestran la parcialidad de lo que son y no la totalidad de lo que deberían ser.

Están los portazos aliviadores, esos que dás para calmar tu ira, para dar paz a tu alma, para mantener esa sanidad mental, y el equilibrio. Ese “paf” o “pum” disonante, que se dispara como un tiro al aire desde el alma. Ese sonido que aturde a los oídos y aclara el ser. Los accidentales, que se producen por esos soplidos traviesos de vientos de otoño o primavera, molestos con las puertas por interponerse en su camino.

Los que dan la alegre bienvenida a sus moradores, e informan a sus vecinos, a través de un estridente y secreto mensaje en idioma portazo, que dice: “Llegué, estoy sano y salvo, en la tranquilidad de mi hogar”. Y como contrapartida están los de la partida, esos que te despiden con una sonrisa que deviene en lagrimas portacísticas. Que te dicen “Cuídate y volvé pronto”.

Están los portazos nocturnos, que se potencian en el silencio y se hacen enormes, tétricos, terribles. Son esos que te sobresaltan arrancándote violentamente de tu sueño placentero y te mantienen en vilo. También están los problemas de cerradura y consecuentes portazos de mi vecina de al lado. Están también los amables, los amigables, esos que te devuelven la presencia del ser amado.

En fin, cada persona es un mundo y su portazo, no es la excepción.

Besooo.

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