miércoles, 21 de diciembre de 2011

Mi diálogo con una extraña

La vi al salir, sentada en el umbral de la puerta de mi casa. Estaba muy triste, pensativa. Era muy joven, no suelo hablar con extraños, pero la fragilidad de su aspecto y su actitud, despertaron mi curiosidad- Y a riesgo de recibir una respuesta inconveniente, le pregunté: “¿Estás bien?”
“No”, me respondió, “Gracias por preguntar”.
“¿Qué te pasa?”, inquirí.
“Me peleé con mi novio y me fui de casa hace … perdón ¿que día es hoy?”.
“Domingo”, contesté.
“¿Hace dos días, ya?”, se dijo a sí misma, asombrada, con un tono de pregunta.
Y con la última sílaba rompió en llanto. Un llanto con una congoja que me partió el alma, un llanto incontenible, desconsolado. Un llanto que hizo surgir mi empatía, conmiseración y solidaridad para con ella.
Era domingo, no tenía que hacer nada urgente, así que me senté a su lado a ver si podía ayudarla en algo. Me contó que se llamaba Giselle, que el viernes por la noche discutió con su novio, porque la vio hablando con un amigo.
“El era muy celoso, no soportaba nada. Siempre desconfiaba de mi, y lo peor es que yo no hacía nada para darle celos. Lo único que yo hacia era amarlo”.
“Lo amabas ¿y después de dos días no lo amás más?”, le pregunté
“Ahora es diferente”, contestó.
“Sos muy joven Giselle, seguramente fue una pelea y sólo eso. A veces los problemas parecen más importantes de lo que en realidad son. Tenés que calmarte, volver e intentar hablar con él. Decile que te molesta que sea tan celoso, que no te gusta como te trata. Todo es cuestión de hablar”.
Quería convencerla, calmarla, contenerla, consolarla. Todo eso junto, pero no lograba nada. Acudían a mi cabeza todas esas frases cursis que contienen esos señaladores y pósters que te gustan y comprás cuando sos adolescente. No sabía que decirle, ni como.
“Yo soy muy impulsiva”, me dijo, “Ese es mi problema. Nunca pienso las cosas antes de hacerlas. Las hago y después me arrepiento. Lástima, que me arrepiento cuando es muy tarde, cuando ya nada puedo hacer”.
“Lo mismo pasó con mis padres. Cuando era más chica, un día tuvimos una pelea. Ahí nomás agarré mi mochila y me fuí. Nunca más volví y tampoco los ví más. Después me di cuenta que tenían razón, pero ya era tarde. Me arrepentí tanto de haberme ido, de estar tan lejos de ellos. Pero no puedo volver atrás, ya no puedo, no hay forma. Lo hecho, hecho está.”
“¿No estás siendo muy dura con vos misma? Te estas obligando a no volver sobre tus pasos. Tenés que intentar ser más flexible, al menos un poco, un poquitito. Hacer una prueba, un mínimo intento y ver que pasa, con intentar nada se pierde. Seguro te vas a sentir mejor, porque vas a sentir que hiciste algo o al menos el intento.
Insisto hablando la gente se entiende. Tu novio, debe estar desesperado, no sabe nada de vos desde hace dos días. ¿Por qué no lo llamas por teléfono y hablas con él? ¿Por qué no explicarle que es lo que te pasa a vos, qué es lo que sentís?”
“Ya es tarde”, me dijo, mirándome muy fijo a los ojos como queriendo penetrarlos. Su mirada había cambiado mucho, muchísimo, tanto que hasta sentí miedo. Sus ojos habían pasado de reflejar una tristeza extrema a ser fríos, desalmados, penetrantes.
“Es demasiado tarde”, repitió.
“Estas siendo muy orgullosa, Giselle”, le dije.
Entonces, aun mirándome fijamente, con una voz y un tono que no le eran propios, que no había usado durante toda la conversación y que me aterraron, me dijo: “¿No te das cuenta? No puedo hablar con él porque lo maté”.

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