viernes, 2 de diciembre de 2011

Sólo a veces...

A veces mis pensamientos me abstraen, me distraen. Me aíslan del mundo que me rodea, me conducen a otros mundos no sé si cercanos o distantes. Me colocan en una burbuja impenetrable, a la que sólo ellos pueden acceder.
Provocan mi interés y me hacen caer en sus redes, haciendo que no existan más ratones, y convirtiendo las calabazas en carrozas. Un viejo truco que siempre me hace caer, y perderme en ellos pero no busco la salida por que no lo sé, no tengo conciencia. Ellos ocupan mi interés, es todo lo que veo, lo que me rodea, tienen mi control y lo hacen suyo.
Pero otras no logran abstraerme aunque lo intentan denodadamente, me provocan, me tientan. Pretenden invadirme y no los dejo, entonces cambian la táctica, me invitan amablemente, invitación que naturalmente yo declino. Es en esos momentos en los que les demuestro que no siempre caigo en su viejo y trillado truco.
El alejar mis pensamientos hace que me conecte con mi derredor, y justamente al conectarme con mi derredor ví lo que ví. En realidad, en uno de los casos ver no vi nada, porque fuí encandilada, pero percibí e imaginé, y eso es mucho peor que haber visto lo que no ví pero imaginé.
Entiendo perfectamente: no deben entender nada. Así que paso con mi relato a despejarles su incógnita, y a sacarlos de las ascuas en las que los he sumido. Ayer por la noche salimos a caminar con mi consorte. Estábamos esperando para cruzar la calle, estabamos parados en esas rampas que hay en las esquinas. De repente dos personas que iban en una moto nos interrumpieron.
- Permiso, permiso.
Yo los miré sin comprender, revisé rápidamente todas mis locas elucubraciones. Y ni por error constaba en ninguna de ellas por que una moto que estaba parada en la calle podía pedirnos permiso a nosotros que estábamos parados en la vereda. En una rampa para discapacitados esperando a cruzar la calle. La verdad no entendía, como no nos corríamos subieron la rueda a la rampa. No nos quedó otra opción que corrernos porque esta gente estaba empeñada en pasar a como diera lugar.
Así que asombrada, sorprendida y turbada como estaba me corrí. Los señores en cuestión tenían que usar la rampa para subir a la vereda y estacionar en ella, obviamente. ¿Para qué es la vereda, sino para que las motos circulen y estacionen libremente? Es lo lógico ¿no?.
El segundo episodio encandilístíco fue también protagonizado por una moto, pero en este caso de delivery. Este abnegado repartidor, subió a la vereda con su moto y su enorme luz encendida. La luz no era de él, es más creo que distaba mucho de ser un iluminado, la luz era de la moto.
Pasó por al ladito mío, cerquita, cerquita, pegadito, pegadito, casi pude escucharlo respirar. Exhalar no, por que iba bastante rápido. Lo afirmo y confirmo por que lo sentí y percibí, por que estaba encandilada. En el caso del repartidor con iluminación artificial, hay dos cosas por lo menos que no entiendo de su accionar, ¿por qué por la vereda, y por qué con la luz prendida?
¿Será esto también misterio de fe, como decía la Hermana Victoria? No lo sé. Lo ignoro y desconozco. Lo que si sé es que desde este, mi pequeño bastión de causas perdidas y quejas estériles seguiré bregando por: ”veredas sanas y libres de ciclistas, motoqueros, y engendros rodantes”.
Besooo.
Y que tengan un muy buen fin de semana :-D

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