jueves, 13 de octubre de 2011

Daño en reparación

Cuando todo queda en intento y no se avanza. Cuando el entorno no contribuye. Cuando alguien persevera en el error, en el fracaso, y no se enmienda ni lo asume. Cuando se piensa que esa situación va perpetuarse en nuestras vidas, se buscan a veces sin éxito las fuerzas para soportarla, porque ella va a ser la habitualidad, la permanencia por el no hacer.
Es en esos momentos en que debe tenerse el suficiente temple como para decir basta con toda el alma. Tomar otro rumbo, otra dirección que alivie, y que en la medida de lo posible repare lo que se ha dañado.
Es cuando los malos días quedan atrás, muy atrás, poco a poco las heridas se curan y quedan como pequeñas cicatrices de batallas libradas. Antes o después, todo se olvida y queda en custodia del pasado. Custodio celoso si los hay, que a nada deja volver.
Vino con la primavera, que se instaló, a diferencia de él, perezosa entre nosotros. Es la contracara de la cara adusta, es el lado bueno de la moneda, el ejemplo positivo de la fábula, el que repara nuestras ilusiones aniquiladas. Es el opuesto, el positivo de Hugo nuestro ex gasista. Él es, ante todo, nuestro nuevo, eficiente y capaz Gasista, Ricardo.
Él es el que nos devolverá la esperanza, la confianza en los gasistas a través de un sólo, único y humilde acto: “rehabilitando la conexión del gas”. El que hemos perdido hace ya trece meses.
Todo a consecuencia de esa vecina que llamó a MetroGAS, que en una fría noche de invierno, vino, vió y cortó sin el menor miramiento, ni piedad alguna. La misma que tiene nombre de flor… No, de esa flor no, Margarita se llama. La que tiene mucho tiempo libre y poca imaginación. La misma, que tenía la pérdida que originó el olor a gas, que sólo ella sentía, y el consiguiente corte.
Nuestro anterior gasista conservó invicta su marca. Tres inspecciones hechas por MetroGas y tres rebotes. No lo discuto, el señor es todo un portento, y por demás coherente, desaprobó todas las inspecciones. Después de su partida, vino su antítesis, su álter ego, Ricardo. El que llega cuando dice y a la hora que dice, el que trabaja sábado o feriado, con sol o con lluvia pero con buena cara.
Y no es que escoba nueva barre bien. Hugo jamás barrió bien, muy por el contrario. A los 45 minutos de comenzar con sus tareas restauradoras de gas, inexplicablemente y ante los ojos atónitos de mi consorte, perforó un caño de agua que nos dejó dos días sin el vital elemento.
Esta vez sí que siento en mis vísceras el triunfo, la consecución de la meta, el restablecimiento de ese gaseoso elemento. Lamento que no haya llegado antes a nuestras vidas, pero, de todo se aprende, y todo lo que vivimos nos hace ser como y quienes somos.
En fin, lo único que esperamos es que Ricardo termine de arreglar todos y cada uno de los terribles desastres que hizo el enviado del innombrable, Hugo, Y que ese maravilloso combustible vuelva a correr libre por nuestros caños.
Besooo.

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