martes, 21 de junio de 2011

La tangibilidad de mi ex inexistencia

Tener conciencia de la propia existencia. Sentir la sangre fluyendo por las venas, las extremidades, el latido del corazón. Comprobar el pienso luego existo y entonces existir. El ser, estar, permanecer, tener sensaciones, sentimientos, percepciones.

El sentir los ojos, el tomar conciencia que los tenés, el ver y que te vean, la devolución de la mirada que corrobora esa débil o fuerte sensación de tu existencia. La comprobación de tu ser y a través de él, el de tu existencia,  a través del sentido de los demás.

La importancia y trascendencia de la existencia, y nuestra permanencia , tan frágil, efímera, tan dependiente y pendiente del destino.

Y el destino que juega con nosotros, nos mima, nos maltrata, nos preserva y nos desecha a su antojo, sin más ni más. No hay razones, lo único que importa es su voluntad, su capricho, su deseo.

Él traza un itinerario que debe cumplirse. Nos lleva por caminos insondables, diferentes, que él selecciona en forma prolija y cuidadosa. Nada queda librado al azar, él sabe todo sobre nosotros, no hay secretos, ni improvisación, ni atajos.

Esta vez el destino me jugó una mala pasada y me dejó cesante, suspendida, en una pausa existencial. Estuve sin existencia, existiendo. Quizá fue un error lo que eliminó mi existencia del sistema y dejé de existir, así como así, tan fácil como eso, tan pronto como volando.

La confusión me embargaba, la realidad no se condecía con la ficción de mi inexistencia. A pesar de que mi corazón latía, veía, respiraba, pensaba, tenía conciencia de mi ser, de mi existencia, otros seres me veían, y corroboraban mi existencia, no existía.

Aquel error por mí cometido que me costó la existencia. Ese ominoso cambio de domicilio, que significó el éxodo de Santos Lugares a CABA y dio el puntapié inicial que llevo al burócrata al convencimiento de mi inexistencia indubitada.

Inexistencia palmaria que se revirtió gracias a un engorroso trámite (que al igual que muchos otros seres inexistentes, nunca deberíamos haber tenido que hacer) que operó el reconocimiento y la convirtió en una existencia tangible, legible, tal vez constante y perdurable.

Ahora existo, vivo, respiro, camino, volví a ser persona, ser humano, ciudadana… mágica y extrañamente, pese a todos los malos presagios y a las pesimistas percepciones: “Figuro en los padrones de CABA”. Y ahora ¿qué?

Besooo.

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