miércoles, 2 de febrero de 2011

Res non verba, pero no les prometo nada

 

Comencé a hablar a la temprana edad de 6 meses, y, para desgracia de los que me rodean, no paré nunca más.

No me imaginen a esa edad recitando la Ilíada y la Odisea, sino más bien tratando de llamar a mi mamá por su nombre de pila. Claro, de eso se dieron cuenta tiempo después. Hasta que eso ocurrió tomé litros  y litros de agua, porque cada vez que trataba de decir algo que para mí sonaba  como Elba, mi familia pensaba que tenía sed. 

Lamentablemente nadie viene con un manual de instrucciones, cosa que sería de suma utilidad. Por lo menos en mi caso hubiera servido y mucho.

Mi verba y yo crecimos juntas, a la par, cabeza a cabeza, codo a codo. Me acompañaba  a todos lados, no me dejaba ni a sol ni  a sombra, lo que en ocasiones representaba un verdadero problema.

Cuando estaba en edad escolar se me hacían tres serias  imputaciones, en realidad eran algunas más pero no pienso declarar en mi contra.

Mis docentes decían que yo era muy charlatana, inquieta y distraída. Lo peor es que todos coincidían en el diagnóstico, era unánime.  Nunca ví a  tanta gente ponerse de acuerdo en algo.

Todos me decían que si lograba modificar esas tres máculas en mi conducta,  podía llegar  a ser una buena alumna.  Ellos hablaban con una convicción, con una seguridad, con un aplomo... Les parecía algo tan fácil, simple y sencillo que, la verdad, quedé casi convencida.

Reconozco que lo pensé a conciencia y por mucho más tiempo que un minuto (soy un poco ansiosa).

La promesa era tentadora, valía el intento, pero, ¿cómo dejar de hablar, como hacerlo? Era algo inherente a mí. Pedirme que dejara de hablar era más o menos como pedirme que dejara de respirar.

Lo importante es que la esperanza es lo último que se pierde. El año recién comienza, al igual que la década. Quien sabe, a lo mejor lo tomo como  propósito, ¿más vale tarde que nunca?.

Besooo.

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